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La puerta de los otros.

La puerta cerró detrás de ellos dos. Quedó uno a cada lado y uno de ellos se alejó habiéndose producido el cierre. El otro, no tuvo manera de saber si el otro seguía esperando, al igual que el otro asumió luego de su partida, que el otro haría lo mismo. La puerta yacía inmóvil, color marfil brillando intensa ante el sol de aquel atardecer de invierno. Los ojos de aquel que se quedó, repasaron cada imperfección de la madera y a ratos, creía ver como por unos segundos, el picaporte se movía. ‘¿Se mueve? Ese ligero movimiento de la realidad, ¿significaba que la puerta se abriría en algún tiempo venidero? El deseo de que abra, ¿hará que suceda?’ Sin embargo, al parpadeo de los ojos, seguía ahí. Inmóvil. Serena. Sin decir nada. Ni negando la esperanza, ni tampoco ofreciéndola. Cumpliendo el trágico propósito inerte de los objetos. El otro, el viajero, al poco andar, volteó a ver si algo ocurría. La puerta brillaba a los lejos similar  a la primera estrella que aparecía en el ocaso de aquella tarde. Blanca y continua, rompiendo el paisaje grisáceo y deslavado. Nada sucedía. Se quedó un momento sin hacer nada, como un objeto. Como la puerta. Por su mente apareció el tiempo pasado de cuando ambos, ambos ahora hecho otros, eran parte de un solo lado de la puerta. Por un momento, algo le pareció bello. Lo ausente hecho bello para siempre. Lo agridulce de desear algo y estar dividido entre el anhelo y la partida. ‘Ábrete’ ordenó en dirección  a la puerta lejana entre labios y manos temblantes. En el otro lado, el otro, el sedentario, aquel inmóvil cercano al picaporte, se acercó unos pasos, y rodeó con su mano la manilla. El metal frío y resplandeciente le daba la bienvenida al tacto, calentándose lentamente a la espera de ser abierto. Éste otro, pensó que no había nada más triste y desolador en el mundo, que abrir la puerta a voluntad y descubrir un paisaje vacío del otro. Quedarse viendo caer la noche esperando algo que solo los sueños producen. Soltó la manilla y retrocedió algunos pasos. ‘Abrete’, también dijo, al igual que su otro. 

La puerta no se abre.

El viajero ordenando a la puerta.

El sedentario ordenando a la puerta.

El objeto inerte cumpliendo el propósito.

El otro caminó.

El otro lloró.

El otro comenzó a correr.

El otro cayó al piso.

El otro, el pasado del otro.

Los otros, pasados de unos.

Los otros volviéndose figuras de barro en la niebla.

Los otros bailando en la soledad de las partes.

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Carta a Daniel Zamudio

Daniel,

he sido testigo anónimo de la tragedia en la cual tu vida se vio involucrada durante estas semanas. Por algún motivo, y creo ser la voz de muchos en esto, cada día que pasaba tras la violencia de esa noche, mis pensamientos se fueron involucrando mas allá de la frialdad con que los medios exponían tu historia. “Joven homosexual atacado por neonazis”, fue una de las primeras cosas que leí. Recuerdo haber estado sentado en el living de mi casa cuando logré ver la noticia completa y se hablaba de huesos rotos y esvásticas. Más tarde, encontraron a tus agresores y publicaron sus fotos por toda la red. Y debo reconocer Daniel, que reaccioné con odio. No podía entender como existían personas capaces de  violentar tanto a otro, creyéndose jueces y dictando sobre ti un punto final. Arrancándote literalmente de la noche a la mañana de todo aquel que te ama. Me frustré, sentí cosas horribles por el país que habito y por la cultura que tenemos. Por la violencia. Por esta cultura indolente, egoísta y superficial.

Pero mis emociones no tardaron en cambiar. Se organizó una velatón frente a la Posta Central, y sin pensarlo mucho me dirigí a verte. Debo confesarte que no soy una persona que se involucre mucho, ocasionalmente espero que los demás lo hagan por mí. Pero ese día, sentí que debía hacerlo. Esa noche Daniel, vi a tu madre, acercarse a las velas que había encendido la gente en tu nombre. Casualmente quedé muy cerca de ella, rodeada de luces y periodistas que la acechaban.  ¿Y, sabes algo? Su rostro era tranquilo. Todo a su alrededor era caótico, pero sus ojos estaban en paz. De sus labios nació un ‘gracias por todo’ alegre y entusiasta, y los aplausos alrededor no tardaron en oírse. La aplaudí, Daniel, tanto como pude la aplaudí. Se puso de rodillas, encendió una vela y volvió a entrar, tan apacible como había llegado. Fue sin duda una de las cosas más bellas que he visto en este último tiempo. Un momento materno en cámara lenta, una despedida agridulce y serena. La belleza hiriente de verte partir sin haberlo pedido. Esa noche, ese simple acto reveló lo que fui a buscar ese día.

Hoy, no voy a culpar a la Iglesia ni a los sectores más conservadores. Hoy quiero reconocer mi culpa. No voy a inculpar ni a la política ni a los ilusos que se dejan influir por ideologías obsoletas, inhumanas y terribles que promueven el odio. Ni a la sociedad ni a la cultura. No voy  a culpar a esos padres que, al ver a sus hijos reírse del compañerito diferente, prefieren callar y no decir nada. Hoy, quiero reconocer todas aquellas veces que YO callé quien soy. Todas esas veces que reaccioné con vergüenza de lo que soy. Todas esas veces que mentí, que engañé, que dejé que se burlaran de mí.

Por todas esas cosas y muchas más, Daniel te pido perdón. Porque la sociedad no la construyen todos esos políticos corruptos que nos dirigen. La construimos todos. Si hoy ya no estás con nosotros, es porque todos contribuimos a que así fuera. Como decía uno de los carteles dispuestos en la reja de la Posta Central, ‘perdónanos por esta sociedad asesina’.

Hoy, me comprometo a no esperar que otros den un paso por mí. Prometo no resentirme y actuar con odio. De que me sirve maldecir a tus agresores y esperar de brazos cruzados a que las cosas cambien. Me comprometo a no enajenarme de la sociedad, sino volver a ella y educar a los que me rodean. A derrumbar mitos, a construir un cambio y a no olvidar tu nombre. Detrás de cada hombre que se burla, detrás de cada mujer que no entiende, detrás de cada cara de extrañeza y rechazo, simplemente existen prejuicios, falta de educación y  poca cercanía. Es que no sabemos quiénes somos. Es que no queremos entendernos. Es que tenemos miedo. Y yo quiero  que eso cambie.

Desde hace unos días estabas en un barco navegando entre la vida y lo que hay mas allá de ella. Tu energía por quedarte mantuvo a la opinión pública pendiente de ti. Pero hace unas horas, tu barco finalmente ha zarpado. Espero que entiendas que tu nombre, HOY,  nos ha cambiado como nación y que tu violento desenlace, para muchos como yo, ha contribuido positivamente en nuestras vidas.

Buen viaje Daniel Zamudio.

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